martes, 29 de enero de 2008

Una más, y van...


Esta no tiene desperdicio; el Gobierno argentino designó al nuevo embajador para la sede de la corrupción mundial y escondite de los acosadores sexuales de menores más grande de la tierra (el Vaticano) a don Alberto Iribarne. A este hombre parece que le fue mal en su matrimonio y cometió el peor de los pecados: Divorciarse... aahhh!!!! para qué!... dirían las viejas. Joseph Adolf Ratzinger y sus secuaces le frenaron la entrada, a la tierra santa, por hereje.
Pero ahí no termina el asunto; parece ser que hay otros países “del primer mundo” que le aceptan que sus hombres puedan pensar en abandonar a sus esposas, por ejemplo el presidente católico francés Nicolás Sarkozy fue elevado nada menos que al cargo de canónico honorario de la catedral de San Juan de Letrán, sede del Papa obispo de Roma, durante su reciente visita que incluyó un encuentro con Adolf Benedicto XVI.
El presidente Sarkozy tiene dos divorcios en su historial y hasta los eunucos del vaticano saben de su convivencia con la modelo italiana Carla Bruni, que apunta a un nuevo matrimonio non sancto para la iglesia.
También les traigo a la memoria, mis queridos herejes lectores, el caso de la princesa Carolina de Mónaco. Casada por iglesia con el francés Philippe Junot, la pareja se separó y Carolina, ni lerda ni perezosa, inició una relación con el italiano Stefano Casiraghi, con el cual, la muy descarada, tuvo tres hijos. A la mina le nombraron una comisión especial que, naturalmente, anuló, sin más preámbulos, el matrimonio con Junot.

Está bien, Adolf Ratzinger dirá que no es lo mismo el presidente Sarkozy o la princesa Carolina que el caso de un embajador divorciado del tercer mundo y sudaca. El pecado de Iribarne es mucho más venial pero el personaje es también mucho menos poderoso. (fuente Clarín)