lunes, 12 de mayo de 2008

Niñas rebeldes y putas azarosas


Si Evita hubiese sido una señora de la oligarquía, ninguno de estos machistas, de estos tipos llenos de odio por los que llegan desde abajo, por los que ocupan los lugares que no deben, le habrían dicho nada.
Lo mismo con Cristina Fernández y sus carteras o sus relojes.

¿Alguien imagina posible que se le cuestionara a Victoria Ocampo tener una casona tan opulenta en las Barrancas de San Isidro? ¿Alguien le dijo algo a Marcelo T. de Alvear por las joyas de su suntuosa mujer, Regina Pacini?

Lo que subyace es lo siguiente: la oligarquía tiene lo que tiene porque tiene "derecho" a tenerlo.
"Los campos no se compran, se heredan" le dice Elina Colomer a Juan Duarte en "Ay Juancito".
Y no solo derecho, también sabe cómo usarlo. A la oligarquía le cae bien ser rica, rumbosa. A los otros, a los que carecen de linaje, el lujo sólo les sirve para revelar su ambición. "Quieren ser lo que no son".

Escribe Ghioldi: "Este furioso e incontenible amor al lujo pone al descubierto el escondido móvil que condujo su vida azarosa" (Américo Ghioldi, El mito de Eva Duarte, Montevideo, octubre 1952). Que perfecto canalla: lo de "vida azarosa" significa "puta". Una señora "bien" no tiene "vida azarosa". Y si Victoria Ocampo la tuvo, fue por su "rebeldía". Las niñas de clase alta si son "azarosas" es porque son "rebeldes", "curiosas", "inquietas" y por fin, "poetas".

Si Evita es "azarosa" es porque anduvo pasando de una cama a la otra, no de Roma a Paris y de Paris a Londres. ¿Porqué nunca se ha dicho nada de Regina Pacini de Alvear? Era, al cabo, una prima donna, era portuguesa, pero era una cantante lírica. Una cosa son Verdi, Puccini y Wagner y otra una chica de Los Toldos que apenas si cantaba La Cumparsita.

Pero tampoco es lo esencial.

Lo que importa es esto: "Su figura (la de Alvear) respondía a 'una cierta idea de país' agropecuario, grandioso, bucólico, pacífico, que debía proyectarse al ritmo de las grandes republicas democráticas que él había conocido y admirado en sus largas residencias en Europa" (María Sáenz Quesada, La Argentina, historia del país y de su gente , Sudamericana, Buenos Aires, 2001, pag. 478).

Alvear era un sibarita, le gustaba la buena vida, la vida de la noche, fue presidente del Jockey Club, hizo deportes, fue el perfecto bon vivant y, como buen enamorado del amor que era, se casó con la prima donna, con Regina Pacini.

"Esto fue juzgado como una nueva locura de Alvear por la pacata sociedad tradicional que perdía con esta boda a un soltero codiciable. Ella dejó su profesión. Formaron un buen matrimonio dentro de los cánones de la época; residieron mucho tiempo en Paris y se vincularon con gente refinada" (Sáenz Quesada, ibid. pag.479).
¿No es un cuento de hadas? No creo que nadie le haya cuestionado a doña Regina Pacini de Alvear nada de lo que se pusiera encima. A lo sumo, las conchetas solteras le recriminaron que les robara "a un soltero codiciable". Hay cosas que repugnan.

Hay un odio de clase en este país. Hay un siempre renovado cholulismo por la "gente bien", por la aristocracia, por los dueños de la tierra o por las señoras de clase.

Y, si acaso, eso ha disminuido (se me dirá que la oligarquía no está en su apogeo, y es cierto), lo que no disminuyó, es el resentimiento contra el que vino de abajo, con el que usa lo que "por naturaleza" no le pertenece.
Si alguien quiere criticar a Cristina Fernández, que critique su política, pero que no utilice para hacerlo, la cartera o los zapatos que usa. Lo hicieron con los vestidos de Dior de Evita aunque, se sabe, después los cambió por el traje sastre y el rodete de la militante.

Pero, ¿por qué no los ofende la riqueza de los herederos? Al cabo, los que llegaron a lo alto algún esfuerzo tuvieron que hacer. Tuvieron que ganárselo. Por eso se les dice ambiciosos, trepadores.
O, como dice el miserable de Ghioldi de Evita, "furioso e incontenible amor al lujo". Los que viene de abajo no heredaron nada: se lo tuvieron que ganar todo. A los otros les cayó de arriba.

Si viene la reina Sofía o la princesa de donde sea, se les rinden tributos y hablan de su elegancia. A Lady Di nadie jamás le dijo que se vestía lujosamente: admiraban su buen gusto. Nadie le dijo que revolvía demasiadas camas con demasiados amantes: le gustaba ser libre, ser la rebelde de la Corona. Puta, jamás.
Concluye Ghiodi: "Corta de inteligencia, deficiente de cultura y sensibilidad femenina, ignorante de las relaciones morales y civiles de los hombres, sin autocrítica, sin carga de escrúpulos de conciencia, falta de gusto, Eva Perón ingresa a la historia como una leyenda plantada en el mentidero argentino" (Américo Ghioldi, ibid. pag. 49).

En cambio, Mary Main, la autora del libro que inspiró la opera rock que indignó al país, termina su libro diciendo: "Por otra parte, aquellos que inicien la tarea (de recuperar al país) no deberán subestimar la influencia que 'Santa Evita' ejerce en los corazones simples y las almas sencillas. Influencia que puede ser fortalecida y no debilitada por la muerte. Y que desaparecerá, no por medio de leyes y decretos, sino con ilustración, democracia y libertad" (Mary Main, The woman of the Whip (La mujer del latigo) Nueva York, 1952, pag. 199).

A Evita y al peronismo , en cambio, los "libertadores" los quisieron desaparecer con el decreto 4161 y a Evita, sin mas, la desaparecieron. Tanto miedo le tenian a su cadáver. Sabían que el pueblo la amaba.
No el "lumproletariat" de Ezequiel Martínez Estrada. No la "chusma" de la oligarquía. O los obreros incultos, barbáricos de Ghioldi. Sino eso que Mary Main, cálidamente, llama "los corazones simples y las almas sencillas".
O sea las almas y los corazones que amaba Tolstoi.
José Pablo Feinmann